Asómate a la ventana de tu vida, que es pequeña; y mírala sin desgana, más no te sientes en ella.
Reconócete sin miedo, empuñate las raíces, despiértate los recuerdos y olvída las cicatrices.
Mírate como a un muñeco manejado desde lejos por mil voces y mil ecos impenetrables por viejos.
Desnúdate de vergüenza y echa el pudor por la borda y aunque la vista te venza no dejes tu senda sorda.
Quítale negro al fracaso ya que es de todos el ruido y casi todos los pasos andan aquí sin sentido.
Ahora desde tu ventana mira al paisaje futuro para afrontarlo mañana con tu brújula y desnudo.
Verás, quién te adule con frecuencia buscará de ti provecho y quién te dé su paciencia te la probará con hechos.
Deja que las modas pasen a tu lado sin mellarte, que se impongan y se acaben sin llegar a desviarte.
Escucha la voz del niño que te habla entre los huesos, no le dejes sin cariño porque él te hace travieso.
Mira con mimo a los viejos y trátalos con ternura, no dudes que en tu pellejo ya llevas la sepultura.
No te ciegues en riquezas que te hunden libertades, no dan fuerza, dan flaqueza y pervierten las verdades.
Disculpa a esa juventud que vocifera y presiona algunos no ven más luz que aquella que no funciona.
No te inclines ante el sable pero apartate de él, no vale la pena darle ocasión para vencer.
Pon oído atentamente al sabio que hay en tu plaza, al que habla parcamente nunca de lo que pasa.
Mira desde tu ventana el camino que te queda, que es largo, y ándalo de forma llana como rueda la rueda.
Fluye en río lentamente y ve llevando más agua, y serás eternamente un espíritu en la fragua.
No quieras más, sí mejor, escapa de las medidas y si das con el amor habrás dado con la vida.